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Crónica del fútbol amateur

11:47 p.m. Unknown 0 Comentarios Categoría :


Aquel sábado me levanté a la mañana con una energía particular. Había algo que hacía de ese día uno especial. Después de casi cuatro meses sin actividad, volvía a jugar para el rojo y negro. Aparte de que me emocionaba volver a compartir la camiseta y la cancha con mis amigos, el partido de mi vuelta era la final por el campeonato. Estaba dispuesto a dejar todo para ganar.

Un poco por la ansiedad y otro poco porque no quería llegar tarde me desperté temprano. Nunca pude desayunar antes de jugar, son esos nervios previos, la expectativa. Me puse la catorce, el número que uso desde que terminé la primaria, me abrigué y salí. Me tomé el 34 hasta “La Fábrica”, un lugar con canchitas de fútbol donde antes había una fábrica. Hacía ya algunos años que nos anotamos en este torneo y después del ascenso a la categoría más alta, era la primera vez que llegábamos a la final. Nos tocaba jugar contra La gorda Lidia, el histórico campeón. El último encuentro se lo ganamos, pero era un partido que no valía nada. Era una especie de karma, le ganábamos a los mejores equipos pero nunca podíamos tener la copa. Saludé a mis compañeros con un abrazo y entramos a la cancha.
Movimos la pelota y el partido empezó. Sabía que iba a ser difícil después de estar tanto tiempo parado. Me tocó un delantero de los rápidos, a los que hay que sacudir una o dos veces al principio para que sepan quién manda. Al menos eso me decía mi técnico cuando era chico. Eso fue lo que hice, aunque la segunda vez no porque quise sino porque estaba lento. A los diez minutos y con el marcador todavía 0 a 0 tuve que pedir el cambio después de ahogarme en un paso al ataque. Estábamos jugando bien, pero no podíamos meterla. Así fue como en un tiro libre, el gordo que jugaba abajo para los contrarios metió un puntinazo y de rebote nos hicieron un gol. Agaché la cabeza, pero inmediatamente empecé a aplaudir y decir que no pasaba nada, que se los íbamos a dar vuelta. La cosa siguió y dos minutos antes de que termine el primer tiempo empatamos. Fue uno de esos goles que se hacen con huevo. El cabezón trabó dos veces y, con inteligencia, levanto la cabeza antes de patear.
Volví a entrar los últimos diez minutos del segundo tiempo. En una jugada colectiva de la que participó hasta Martín, nuestro arquero, pudimos volver a convertir y ponernos en ventaja. Después de eso, La gorda Lidia se nos vino al humo y empezamos a aguantar los pelotazos que venían de todas partes. El gordo defensor le pegó de puntín en un mano a mano y me reboto en el muslo. La pelota quedó a mitad de camino entre los dos y, más allá de lo que me picaba la pierna, estaba decidido a no dejar que nos empataran. Trabé con el gordo de frente a la pelota y ahí lo sentí. Volví a escuchar ese “crack” en mi rodilla derecha, sentí como se me desplazaba y volvía a su lugar. Sentí el dolor y como un frío me recorría la espalda. Saqué la pelota de la cancha con la otra pierna y me tiré al piso, con los ojos llenos de lágrimas. Salí del partido con ese gusto amargo de no poder terminar de jugar pero todavía con esperanza de que íbamos a dar la vuelta. En un contragolpe el delantero rápido hizo el gol del empate. En ese momento vi que las caras de los chicos se transformaron pero esta vez el cabezón aplaudió y nos recordó a todos que nada más nos habían empatado. 
En el último minuto, Martín reventó el travesaño en una jugada de córner, con la mala leche de que el rebote les quedara a ellos. El gordo la levantó y fue un segundo en el que todos seguimos la pelota con la mirada. Parecía que no iba a bajar, pero bajó. Nos lo dieron vuelta en la última jugada y no pude sentir nada más que desilusión. Esta vez el dolor era distinto al de la pierna, era del corazón. Se nos había escapado y a mí se me estaba escapando el fútbol. Ese deporte que tan feliz me había hecho desde chico, que me dio amigos, terceros tiempos, alegrías y tristezas, me estaba dejando antes de tiempo. Pero entendí que no era el momento para preocuparme de esa parte, tal vez habría alguna solución. Era momento de encontrarse una vez más con los amigos, del tercer tiempo, de transitar la extraña pero reconfortante sensación de acompañarnos en las malas, de compartir la tristeza.

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